Lo levanto de la
mesa con cuidado, sé lo mucho que le molesta a la princesita que
toque sus cosas sin permiso. Desbloqueo la pantalla y, efectivamente,
es el correo de Jack. Y entonces me doy cuenta de que sigo al
teléfono con mi hermano.
- Perdona Jack, me acaba de llegar, lo leo en cuanto termine de comer y te llamo.
- No, no me llames. Ya lo haré yo mañana, tú asegúrate de que te informas bien.
- Sabes que lo haré.
- Nunca viene de más cerciorarse. Buen provecho, S. Y buenas noches.
- Buenas noches, Jack.
Se la escucha a
ella gritar un “Buenas noches, Jack” antes de que me dé tiempo a
terminar la llamada. Pongo a descargar el archivo, dejo el Ipad en el
borde de la mesa y seguimos disfrutando de la maravillosa comida
india y del esperado postre que le pone la guinda a una cena de lujo.
¿Qué sería
de nosotros sin tecnología? Tiene gracia como ahora parece algo tan
indispensable cuando hasta hace solo diez años más de la mitad
de los aparatos de los que disponemos ahora no existían. Y que yo
sepa la gente tenía una vida normal y corriente, no se morían de aburrimiento ni
tenían problemas de comunicación. Al fin y al cabo somos nosotros
mismos los que nos convencemos de que no podríamos vivir sin ellos. Menuda ironía. Delimitamos nuestras propias necesidades. Ahora en serio, siendo sinceros, sin móvil vivo perfectamente,
incluso más feliz ¿pero sin Google? Sin Google mi vida sería una
pesadilla. Viva Google.
Y una vez
terminado este pequeño apartado de publicidad subliminal, o no tan
implícita como debería, volvamos a nuestra cena. La cuenta, la
tarjeta de crédito, la propina, la sonrisa falsa de ella y la
inclinación de cabeza del camarero a modo de agradecimiento, y por
fin estamos fuera. Expuestos a una fría noche de verano londinense.
- ¿Sabéis qué me apetece? - dice ella terminando de meter los brazos por las mangas de su chaqueta de la última temporada de invierno.
- No me lo digas: un starbucks, ¿a que si?
- Casi. Un abrazo.
Me quedo
mirándola un rato. ¿Me acaba de pedir un abrazo o son cosas mías?
No deja de sorprenderme esta chica. Si es que a veces le entra la
vena cariñosa y no hay quien la pare, pero por lo menos es mejor que
su lado tajante y borde. Así que le sonrío y le doy un abrazo, de
esos que escasean pero cuando tienen lugar son épicos, de esos por los que merecen la
pena esperar y de los que son más especiales si no abundan.
- Gracias por traerme a Londres, S. Promete ser un gran viaje. - me dice sin soltarme.
- ¡Eso está por ver!
Nos separamos,
me coloco el pañuelo marrón que llevo al rededor del cuello y llevo mi mano al bolso para sacar la cámara. ¡Que empiece la
sesión! Aunque primero tendré que ponerme las gafas. Vale sí,
llevo gafas, gafas de pasta negra de esas que solo lleva más de la
mitad del planeta. La mayor parte del tiempo prefiero las lentillas
en realidad, pero he apreciado que las fotos me salen mejor con las
gafas, raro ¿eh? Pero no las encuentro tan fácilmente y tengo que
meter la cabeza entera dentro del bolso. Pañuelos, el móvil, las
llaves, el dinero, el perfume, los chicles, el pintalabios rojo, los
auriculares, un boli... Bienvenidos al bolso de Mary Poppins. ¡Ah!
¡Aquí está! Tiene mérito encontrarlas entre tantas cosas y sin
dejar de caminar sosteniendo la cámara con la otra mano. Pero todas
las peripecias tienen sus consecuencias y, sin poder hacer nada por evitarlo, en cuanto levanto la vista
me choco de frente con el pecho de un hombre. Y menudo hombre.
Find it.
XOXO,
S.
